Cartagena es un crisol de ritmos que se mezclan con la brisa del mar. Cuando llegué a la ciudad amurallada para cubrir el Festival de Música del Caribe, no sabía bien qué esperar. Había escuchado que la champeta estaba viviendo un momento de reinvención, pero la realidad superó cualquier pronóstico. En los patios coloniales, en los bares del Getsemaní y en los escenarios montados frente al mar, la música afrocaribeña se estaba reescribiendo a sí misma.
El festival no es un evento único, sino una constelación de conciertos, conversatorios y descargas que ocupan la ciudad durante una semana. La programación mezcla nombres consagrados con propuestas independientes que rara vez llegan a los circuitos comerciales. Este año, el eje estuvo en las fusiones: champeta con jazz, reggae con gaitas, tambores tradicionales con sintetizadores. El resultado es un sonido que no se deja etiquetar fácilmente.
Hablé con varios organizadores y artistas sobre el papel de Cartagena en la escena musical del Caribe colombiano. Coinciden en que la ciudad tiene una ventaja única: su historia como puerto de encuentro entre África, Europa y América. Esa mezcla no solo está en la arquitectura, sino en la forma de tocar, de cantar y de bailar. Para ellos, el festival no es una vitrina, sino un espacio de diálogo entre generaciones.
Uno de los momentos más reveladores fue una sesión en un estudio independiente del barrio La Matuna. Allí, un grupo de jóvenes músicos estaba grabando una pieza que combinaba la champeta con el jazz modal. El productor me explicó que su objetivo no era hacer un híbrido comercial, sino encontrar un punto de encuentro entre dos lenguajes que comparten raíces. La sesión duró horas, y cada toma revelaba algo nuevo.
También recorrí los patios donde se gestan nuevas propuestas. En uno de ellos, un colectivo de percusionistas ensayaba una adaptación de los cantos de palenque con arreglos de reggae. No había escenario ni luces, solo tambores, voces y la energía de quienes creen que la tradición no es un museo, sino un punto de partida. Esa escena, tan sencilla y tan potente, resume lo que está pasando en la costa.
Para quien quiera vivir esta experiencia, la recomendación es llegar con tiempo y sin agenda cerrada. Los mejores momentos del festival no están en el programa oficial, sino en las conversaciones de madrugada, en los ensayos abiertos y en los encuentros improvisados. Cartagena no se descubre desde la butaca; se siente caminando, escuchando y dejándose llevar por el ritmo.